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Noviembre 2003

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La nave mágica

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1984 y el poder despótico
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Ciencia Ficción Peruana en Velero 25.
Creada: Julio 2003
Actualizada: Junio 2004
Derechos Reservados: Ediciones Quinx
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Quinx 2003
Lima - Perú 200
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Cultivar: ambigua maravilla

Para Thomas Disch ("Los Genocidas") tras la invasión extraterrestre definitiva (pocas hay tan inmunes a la esperanza) nos hemos convertido en un colosal plantío, donde los supervivientes humanos arrastran miserables vidas nutriéndose de esas mismas plantas que demuelen los últimos restos de su condición humana a medida que son metabolizadas. Destino horrible, que duda cabe.

También en "Xenogénesis", la trilogía de los Oankali ("Amanecer", "Ritos de madurez" e "Imago" de Octavia Butler), la salvación del planeta devastado por una guerra nuclear llega acompañada de manipulaciones en las plantas para alimentarse, aunque atada a un intercambio genético-comercial propicio para potenciar y permitir el dilatado periplo en que consiste el nomadeo oankali a través de la galaxia. Los híbridos construidos por el cruce de especies participan en rituales de reciprocidad que los llevan a una metamorfosis, de la cual brotan cada vez más diferenciados de sus progenitores humanos y oankali, y estarán conminados por su doble dotación genética a encontrar un acuerdo biológico cultivando ambas herencias.

No obstante, también sucede a la inversa... y con mucha más frecuencia, elijamos Marte por que este año su órbita estuvo más cerca que nunca de la nuestra y por que diversas expediciones científicas se llevan a cabo en este momento en sus cráteres y valles: El proyecto de areoformación que recorre con aliento épico la trilogía de Kim Stanley Robinson ("Marte Rojo", "Marte Vede" y "Marte Azul") o el más modesto plan de terraformación de "Las arenas de Marte" de Arthur Clarke o en los nostálgicos e intensos episodios de "Crónicas Marcianas" de Ray Bradbury (quien por cierto no alcanzo las mismas cotas de excelencia posteriormente), en las excelentes "Marte se mueve" (Greg Bear) y "En el salón de los reyes marcianos" (John Varley) y finalmente en cine ("John Carpenter´s Ghosts of Mars") significan de una u otra forma que se requiere partir de biomodelos locales o terrícolas para poder lograr la simbiosis requerida.

Las colonias agrícolas terrícolas que cambian el entorno aparecen con frecuencia en el género aunque frecuentemente no constituyan más que un telón de fondo sobre el cual se despliegan las aventuras: "Bill, héroe galáctico" (Harry Harrison), desempeña faenas agrícolas en Phiogerindon II cuando lo reclutan para combatir contra los lagartoides chingers; idéntica procedencia ostentan el "pícaro" de "Memorias de un merodeador estelar" (Carlos Sáiz Cidoncha) o el desilusionado protagonista de "Amor S.A." (Robert Sheckley), que terminara disparando contra los cuerpos femeninos ofrecidos en un tenderete tras ser desintegrados sus valores románticos y campesinos por el cinismo crematístico de la urbe cruel; en "Lágrimas de Luz" de Martín Trechera su actor huye itinerando por mundos frecuentemente agrícolas y expoliados económicamente por el imperio; en el Trantor de Asimov los planetas han derivado al exclusivismo y así como cada cual posee su olor característico también poseen una especialización productiva; Murray Leinster con insistencia sugiere las dificultades de las colonias, en algunos casos por los aprestos militaristas esgrimidos semejan más bien cleruquias y en ese caso tendremos organizaciones semifeudales con high technology en un marco de ideología fascista, como ocurre con los imperios estelares de H. Beam Piper o de Poul Anderson, que en esta línea lleva al paroxismo la parodia en "The High Cruzade".

En "Protector" existe un interés intenso por los cultivos, la raíz del Árbol de la Vida cuyos genes logra insertar el Monstruo Brennan en el ñame, es una planta que utiliza el talio para proporcionar a la especie de los Paks (los Protectores es una de sus fases) en sus distintas ciclos la potencialidad necesaria para transformarlos en formidables pensadores y guerreros, pero también los condena a dedicarse a su línea de sangre, a esparcir sus genes y lo que podría ser una civilización formidable se torna un conglomerado en pugna signado por guerras devastadoras para asegurar terreno a la propia progenie, del desnudo hecho biológico se deriva la extraña forma organizativa que se vislumbra en la sociedad concebida por Larry Niven.

Acá en nuestro planeta la realidad de los registros arqueológicos demuestra que con la Revolución Agraria y la tecnología que trajo aparejada, aumentó el trabajo per capita, componente al cual sólo se ha recurrido en amargas sátiras como los de Stanislaw Lem (recordar que las pavorosas condiciones de vida de los moradores de "Congreso de Futurología", episodio de Ijon Tychy, están veladas por mecanismos psicológico-holográmaticos). La abundancia de recursos ganados en la Tierra concluye a medida que la trashumancia tocaba las lindes más lejanas del centro de irradiación de los homínidos, preocupación que atraviesa relatos de Schmitz, Jack Vance o Colin Kapp.

Podemos como ejemplo observar lo que ocurrió con los grandes mamíferos de la megafauna del pleistoceno en América que se extinguían entre una tenaza climática (corriente cálida que cerró el último período glacial favoreciendo la forestación que llego a cubrir con selvas y bosques el 50% de las tierras emergidas del globo terráqueo, -hoy andamos por el 6%- para que tengamos en cuanta el impacto ecológico que hemos provocado) y un cascanueces depredador derivado de las migraciones asiáticas. A pesar de los controles conscientes / inconscientes del infanticidio femenino, -ya que el número de úteros determina la tasa de fertilidad-, la cantidad de población llegó a ser excesiva para vivir de la carne cazada. Simulaciones por computadora (efectuadas por Paul Martin y su equipo de la Universidad de Arizona) muestran como en corto tiempo un grupo de 5000 cazadores-recolectores desembarcado por el Norte del continente da cuenta de la megafauna desencadenando una verdadera catástrofe ecológica, que no empezaron pero intensificaron con la Revolución Agraria. La forma entre mítica, arqueológica e histórica con que nos presentan Michael Gear y Kathleen O´Neal Gear el emocionante periplo de los primeros moradores del continente en "La tribu del lobo" es altamente recomendable para comprender y profundizar ese ciclo del origen. Nos queda suponer basados en los registros y las leyendas que a medida que escaseaban mamutes y otras presas y disminuían las proteínas de la carne, el interés se desviaba gradualmente hacia las plantas (llegando al vegetarianismo funcional); así que donde pudieron domesticaron y custodiaron especies vegetales que les permitieran el acceso a las proteínas perdidas.

Arar los campos, irrigarlos, domesticar bestias para ayudar en las faenas se convirtieron en tareas cotidianas y se combinaron con la cerámica, la cestería, y mas tarde la metalurgia. De la difusión de las técnicas ejercidas sobre la materia para someterla se transitó a las técnicas dedicadas a la explotación de fuentes energéticas renovables y limpias: el sol, el viento, el agua, el músculo humano o animal (las mismas cuatro leyes o premisas ecológicas que preservan la aparente pureza kármica del planeta en un universo alternativo postatómico, de la novela de Norman Spinrad "La canción de las estrellas").

Nos incumbe recordar que los babilonios recurrían al asfalto como combustible y los chinos, innovadores natos, ya empleaban carbón y gas natural para cocinar, calentar, iluminar. El tapiz de bosques del planeta ya desde época tan temprana fue duramente golpeado. Las actuales praderas son en su mayoría, secuelas de esas primeras escaramuzas que culminaron en las primeras ecocatástrofes de la Revolución Agraria. En cierta forma encantadora y mágica, Ursula LeGuin en la Saga de Terramar nos describe como sus campesinos transitan por ese camino.

Sumerios, egipcios, asirios, griegos, romanos, demostraron fehacientemente su dominio sobre diferentes tecnologías. La madera para construir embarcaciones fue, por ejemplo, el motivo para la depredación de los bosques de cedros del Líbano. La cuenca del Mediterráneo fue deforestada a fondo. Aún ahora, podemos observar sus efectos. Gabriel Bermúdez Castillo ilustra algo semejante en su noveleta "Un mundo dura mil años" .

La presencia de los seres humanos en los planetas desencadena resultados no esperados ligados a lo impredecible y a el caos esencial que anida en la materia, los "Cáiganse muertos" de Clifford Simak, o la acelerada evolución defensiva de los ecosistemas (la respuesta de las plantas ante los brutales colonizadores de "Death Planet" de Harry Harrison) son una muestra de ese choque. Es así como la ruptura del equilibrio dinámico de la naturaleza desencadena pesadillas ecológicas desde clásicos como "El día de los trífidos" o "Más verde de lo que creéis" hasta las monstruosidades que brotan de la polución en "La estación de la calle Perdido" de China Miéville.

Colofón adecuado puede ser este fragmento de Hesíodo ("Los trabajos y los días"), quien recoge la leyenda de los cazadores-recolectores con estas palabras plenas de nostalgia: ..."vivían como dioses, sin pena en el corazón, libres de trabajo y ajenos a las fatigas, en ellos no había nada de miserable, sus brazos y piernas jamás desfallecían, haciendo alegres fiestas lejos del alcance de las desgracias. Cuando morían era como si fueran vencidos por el sueño, y tenían todas las cosas buenas; la tierra feraz les proporcionaba abundantes frutos sin extinguirse. Vivían en paz y felicidad en sus tierras, entre muchas otras cosas buenas, ricos en animales y queridos por sus adorados dioses". Después de sus palabras, sabias y evocadoras podemos conectarnos con el mensaje ecologista y comprender que la tecnología debe estar al servicio de los seres humanos, para el goce y la solidaridad y no para trazar divisiones absurdas y esquilmar y desangrar las riquezas de Gaia... o Pachamama, que en efecto es el mismo nombre que distintos pueblos, el griego y el andino, dieron a la Madre Tierra.

© Luis Bolaños; 31-10-03

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